Opiniones sobre los ruidos




Índice de opiniones

Me molesta que se relacione moto con ruido, por Antonio Pérez Pleguezuelo
Nos estropearon las vacaciones , por Vicente Raurich
Estrépitos innecesarios , por Andrés Cárdenas
El caos visible , por José Carlos Rosales
Los motoristas gamberros de Huétor Santillán , por M.ª Victoria Robles
Estoy hasta ... , por Matthew
Un serio problema de convivencia , por Francisco Morales Delgado
Brillo y daño de las motos , por Juan Mata
Silencio , por José Vicente Pascual

  • (Entre otras muchísimas)




  • La opinión del Ayuntamiento

    Lo que dice el propio Ayuntamiento (un poco corregido)

    Curiosamente, el Ayuntamiento de Granada tiene entre sus páginas una que describe bastante bien los nocivos efectos del ruido. La reproduzco aquí , con los añadidos en rojo que en ella se verán.
     

    La opinión de Forges
    ("El País", 19/8/99)



    Nos estropearon las vacaciones

    Vicente Raurich

    (Recibida por correo electrónico)

    Vivo en Mallorca desde mi jubilación, y hace unos días he visitado con mi esposa Andalucía durantedos semanas, en concreto Sevilla y Málaga, y en especial durante nuestra estancia en Málaga las motos nos tuvieron locos.

    Compré allí el diario "El Mundo" (6 de Octubre 1999) y leí el artículo sobre Vd. el cual me interesó mucho.Leí después su página en Internet y le puedo decir que soy en todos los sentidos de su misma opinión. Se puede decir es como una plaga y además de hacer mucho ruido los jóvenes manejan como Kamikazes, con exceso de velocidad y mayormente sin cascos.

    Es incomprensible que la policía no intervenga más. ... Creo que es cosa de las fuerzas del orden publico de intervenir más y multar o inmovilizar esas motos con los escapes modificados....

    En fin, yo le quiero dar mi modesto apoyo moral, para que Vd. tenga la fuerza de continuar esta lucha contra los ruidos y que pronto tenga éxito. Voy a seguir leyendo su página web para estar al tanto del progreso.



    Estrépitos innecesarios

    Andrés Cárdenas Muñoz

    (IDEAL, Puerta Real, 30/9/99)

    Han sido dos noticias jubilosas para los que odian el estrépito de las ciudades. Por un lado el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ha dicho que los vecinos tienen derecho al descanso y a la salud y que uno y otro -cito textualmente- se ven gravemente conculcados si no se respeta la moderación en la música ambiental. El teesejotaa le da la razón al Ayuntamiento de Granada y le dice que adelante, que cierre todos los pubs y los bares en los que los decibelios se pesen por quilos. Mire usted por donde los jueces se han asesorado en las otorrinolaringologías correspondientes y han escrito en la sentencia eso que ya todos sabemos: que lo tiene mal en el futuro inmediato quien somete al oído y al corazón a un excesivo número de decibelios. Ahora, a esperar que la sentencia sea firme y que a los que les guste el bacalao se vayan a Finlandia, que allí está muy barato.

    La otra noticia la protagonizaba el delegado municipal de Tráfico, señor Orta , que dijo que su concejalía va a actuar con contundencia contra los gamberros que truncan la cilindrada de la moto para berrear por las calles con su mierda de ciclomotores. El concejal tiene calculados que son 500, chispa más o menos, los niñatos que tienen la moto trucada, aunque yo creo que hay más, y si no que vaya la Policía Local a las puertas de cualquier instituto a la hora de la salida.

    Pero bueno, ya es algo. Por lo menos tenemos controlados a los pubs ruidosos que no dejan dormir a los vecinos de la zona de la movida y a esos moteros que necesitan petardear su cacharro para demostrar su existencia. Pero quedan más. Ya es notorio que en España no existe una cultura del silencio sino más bien una apología del ruido. El ruido es un argumento de vida, de autoridad y de dominio. Eso ha dicho el reportero Manu Leguineche, que hastiado de soportar las broncas del siglo, el clamor de varias guerras civiles y cientos de alborotos y estruendos, se ha comprado una casa de piedra en una aldea perdida en La Alcarria sólo para oír el silencio.

    Decía antes que quedaban más ruidosos incontrolados. Aquí cualquier fiestecilla de barrio se convierte en un petardeo constante de triquitraques y fuegos artificiales. Ya lo dije hace poco teniendo conciencia de que escribir sobre los ruidos es tan superfluo como escribir sobre un amanecer o el olor de las rosas en primavera: cualquier Ayuntamiento gasta hoy más dinero en pirotecnia y buscapiés que en arreglar calles o en organizar actos culturales. ¿Por qué se persigue a los que meten ruido por las noches en pubs y discotecas y no a los que tiran cohetes a horas intempestivas? ¿Por qué quieren hacer del fragor de la pólvora el signo fehaciente de la alegría cuando a muchos ciudadanos lo que les produce es pena? Es normal que cualquier devoción patronal o mariana sea precedida y también clausurada por una retahíla de explosiones que sobresaltan al más pintado. Como escribió ayer mismo Cambril cuando comentaba ese despropósito de los organizadores de la procesión de la Virgen de las Angustias de despertar a media Granada con una estridente traca: la fe no concede licencia alguna para despreciar el descanso ajeno.

    En fin, parece ser que, al menos en esta ciudad, nuestros hombres públicos están dispuestos a solucionar en parte esos problemas que parecen pequeños pero que preocupan mucho a los ciudadanos.

    Sigo pensando lo que Schopenhauer, que la actitud de aguante ante el ruido es inversamente proporcional a la inteligencia. No hay más que comprobarlo: dale a un chuleta una moto o los mandos de una discoteca y se creerá el rey del mambo. Dale a un irresponsable una sirena o un cohete y mostrará sus enormes habilidades para emitir estridencias innecesarias.



    El caos visible

    José Carlos Rosales

    (IDEAL, Puerta Real, 26/9/99)

    José Antonio Orta, el nuevo concejal de Tráfico del Ayuntamiento de Granada, quiere controlar el caos circulatorio en una ciudad descontrolada, una ciudad en la que cada vez hay más coches y menos calles, más aparcamientos subterráneos y menos ganas de venir andando al centro histórico o comercial, mucha gente con prisa orgullosa y muy pocos autobuses dispuestos a llegar sin retraso. El tráfico en Granada es un caos: lo dice la Policía Local, lo comentan los taxistas, lo vemos los ciudadanos, lo denuncia la oposición, siempre la oposición denuncia lo que no supo arreglar como gobierno. Y, antes de que la ciudad se vuelva reumática crónica o paralítica sin esperanza, el nuevo concejal de Tráfico se ha propuesto -una vez más- hacer cumplir las normas municipales y remediar todo ese desorden de los aparcamientos en doble fila, de la ocupación de las aceras por motos y automóviles, de la osadía de los motoristas irresponsables, de la estúpida vanidad de los que lucen motores pestilentes y ruidosos.

    El antiguo gobierno municipal que presidía el inefable Díaz Berbel también inauguró su entrada en el Ayuntamiento con el noble propósito de arreglar el caos del tráfico rodado. Durante algunas semanas funcionaron dos o tres controles policiales, requisaron las motos más escandalosas, impusieron multas a los que no llevaban casco, intentaron cambiar la fea costumbre de los que aparcan en medio de los pasos de cebra, tapando una salida de emergencia, invadiendo las zonas reservadas a los peatones. Pero al poco tiempo todo seguía más o menos igual, los coches en la acera y las motos a su aire: no tuvieron suerte o no tuvieron constancia, algunas ideas no las tenían muy claras o no quisieron darse cuenta de que la plantilla de la Policía Local estaba desorganizada, era pequeña, necesitaba un reciclaje. O tal vez a la gente de esta ciudad le guste -nos guste- el ruido y el desorden, saltarse normas y semáforos, correr riesgos absurdos, perder la vida o el movimiento de las piernas por no llevar un casco.

    Hace años, bastantes años, antes de que esta hemorragia de coches y de ruido asolara sin remedio las mejores calles de nuestra ciudad, antes de que las motos cruzaran impasibles las aceras como el que cruza el patio de su casa, un concejal de izquierdas de nuestro Ayuntamiento me hablaba de la inconveniencia de frenar las inclinaciones juveniles hacia el estruendo motorizado y la circulación errática. Sostenía mi amigo el concejal ingenuo que los jóvenes liberaban con el exceso de ruido y las cabriolas atrevidas su inquietud comprensible ante un futuro incierto, ante una sociedad que no les daba suficientes oportunidades, ante un mundo que sólo les provocaba desilusión y rechazo. Aquellos polvos trajeron parte de estos lodos. Y ahora, José Antonio Orta, el nuevo concejal de Tráfico del Ayuntamiento de Granada, quiere remediar todo ese desaguisado de los coches y las motos que recorren sin ningún respeto lo que queda de una ciudad histórica, una ciudad que no ha sabido o no ha querido moderar ciertas costumbres, limitar los abusos, educarse a sí misma.

    Pero ni este caos, ni ningún otro, visible o no, se puede corregir por decreto, en cinco minutos, con dos o tres medidas esporádicas. Hace falta constancia, dar ejemplo, tener las ideas muy claras, no permitir la burla de las ordenanzas municipales. Y aunque el Ayuntamiento no puede arreglar de la noche a la mañana todos los problemas diarios de una ciudad, sí podría dar mejores explicaciones, educar a la ciudadanía, atender las necesidades sensatas de la gente. Y si no, que se siga el ejemplo del bando que ha publicado el alcalde de Lanjarón: allí ya no se puede morir nadie porque no hay más sitio en el cementerio. Esa sería una posibilidad: prohibir que las motos y los autos salgan a la calle porque ya no quedan ni aparcamientos donde esconderse ni calles por donde circular. Así, los agentes dedicados a controlar el tráfico podrían aplicar sus esfuerzos a multar a las plantas que se secan, a llevarse detenidos a los setos que crecen sin permiso, a regar los jardines que se mueren de abandono y sequía. A lo mejor esa sería la solución. Quién sabe.



    Los motoristas gamberros de Huétor Santillán

    M.ª Victoria Robles

    (IDEAL, Carta al Director, 26/9/99 )

    Sr. Director de IDEAL:
    Este podría ser, un tranquilo pueblo al no ser por unos cuantos gamberros que con sus motos preparadas para producir los más horrísonos ruidos; también hay algún coche, aunque mayormente son motos, montadas por uno y a veces dos y tres gamberros dedicados a hacer carreras que comienzan en la plaza del Ayuntamiento y continúan por la antigua carretera de Murcia, pero siempre dentro del casco urbano, ya que, como su objetivo es molestar, pues cuantas más personas los sufran mayor es su satisfacción.

    Yo le rogaría al Ayuntamiento que colocara unas bandas sonoras en la calzada, pues la limitación señalada en la propia calzada de 40 kilómetros hora durante la travesía casi nadie la respeta, aparte de que dichas señales se encuentran por el desgaste del paso de vehículos prácticamente ilegibles y tampoco existen discos que señalen esta limitación, con el consiguiente peligro para los peatones y demás usuarios de esta carretera-calle.

    Las bandas sonoras impedirían las carreras de estos gamberros para atronar con sus tubos de escape al vecindario urbano que es donde actúan, puesto que si salen a la autovía ya casi nadie los oye y esto, entonces, pierde su aliciente. Las bandas sonoras también serían disuasorias para los conductores en general, ya que hay bastantes que no respetan el límite de velocidad que impone la travesía urbana.

    La Guardia Civil también podría, con las sanciones reglamentarias, acabar con el problema.



    La opinión de Matthew

    (Recibida por correo electrónico, 6/10/99)

    Hola, soy un estudiante de la facultad de Informatica, y he de decirle que yo tambien padezco el mismo problema, ODIO las motos pencas de los niñatos. Le meten ruido para impresionar a sus novias (pobrecillas) y advertirles de que ya se acercan (por el ruido...huy! ya viene mi novio...meeeeeooooo!!!!!). Es normal que estén tan locos estos niñatos y hagan tantas "travesuras" que en realidad son gamberradas propias de hooligans, porque llevar ese ruido tan escandaloso durante diez minutos (lo que dura un trayecto normal) pegado al oido les debe trastornar las pocas neuronas que tienen.

    Yo estoy hasta los c... de aguantarlos, y hasta cruzo los dedos para que les reviente el motor en las pelotas y no den mas por culo (las cosas por su nombre). Cuando veo una pelicula en mi casa, me entero de la mitad, por los ruidos que hay en la calle (el 80% de las motos) y debo poner el televisor a toda leche, claro, acaba uno con dolor de oidos. O te jodes o no ves pelicula. Y dormir..., hasta la 1:00 de la mañana, y la siesta para que intentarlo.

    A esto súmele las obras, que mi calle ya ha sido levantada tres veces, por distintos motivos (Gas Andalucia, Supercable y ahora Gas Veleta) y digo yo: ¿No podrían haber aprovechado en una sola obra instalar todo de una vez, y no que, nada mas acabar unos, a la siguiente semana empiezan los otros, poniendo el asfalto lleno de parches, y aguantando el horroroso ruido todas las semanas desde principios de año?

    Espero, que tenga suerte en su acometido, si hay algo que yo pueda hacer y este en mi mano (y tiempo), hágamelo saber.

    Fdo: Un devoto del silencio. Cuando se necesita, claro.

    Matthew E.T.S.I.I. Granada, España


    Me molesta que se relacione moto con ruido

    Antonio Pérez Pleguezuelo

    (Recibida por correo electrónico)

    Soy usuario de moto (BMW K100RS), pero no concibo la necesidad de hacer ruido. Me molesta que se relacione moto con ruido.

    Las motos ruidosas, generalmente son ciclomotores y scuters, de pequeño motor y de dos tiempos (en las que les modifican la salida de los gases de escape), porque psicológicamente sus usuarios, por falta de la suficiente madurez, relacionan ruido con potencia, velocidad, circuito.... y encima hacen proezas, como sortear coches, saltarse semáforos, levantar rueda....; Estos son los que han conseguido que las compañías de seguros no acepten asegurar ninguna moto a daños propios, y encima los seguros "a terceros" los pagamos a precio de oro.

    Sr. Morales, estoy de acuerdo con Vd. en la necesidad de erradicar el ruido de las "motitos", pero como estoy convencido de que la moto es el medio de transporte ideal para desplazarse por la ciudad (mi moto no es la más ideal), apoyaría mejor una campaña de educación vial, control de ruidos, y legalización de los vehículos; y le pediría al Ayuntamiento que creara aparcamientos específicos, rebajara las tasas de estos vehículos y fomentara su uso en nuestra congestionada ciudad. Sin duda, ganaríamos todos.

    Antonio Pérez Pleguezuelo



    Un serio problema de convivencia

    Francisco Morales Delgado

    (IDEAL. Carta al director, 13/9/98)
    Sr. Director de IDEAL:
    Una ciudad es un lugar para convivir: para trabajar, relacionarse, divertirse, descansar... Las autoridades locales tienen la obligación de asegurar que ello sea posible, eliminando los obstáculos que se opongan a la convivencia. Para esto han sido elegidas por los ciudadanos. A veces, esta tarea es muy difícil, bien por tratarse de temas complejos, bien por la cantidad de recursos necesarios. Otras veces, es más fácil y si no se hace es por desconocimiento de los problemas existentes o por falta de motivación para resolverlos.

    En Granada, el ruido producido por las motos a todas horas del día y, muy especialmente de la noche, constituye un serio problema de convivencia. No se trata, como suele decirse, de molestias. Está afectando gravemente a la capacidad de los ciudadanos para trabajar, para descansar o para cualquier otra actividad. Y está afectando gravemente a su salud. De otra parte, el problema ni es complejo ni requiere grandes recursos para su eliminación.

    Basta con hacer cumplir las leyes, y ésta es una responsabilidad de la que ninguna autoridad puede abdicar. Hacer cumplir las leyes no es solamente sancionar a los infractores sino, básicamente, impedir la realización de actos ilícitos. En este caso, detener e inmovilizar de inmediato a toda moto que circule produciendo un nivel de ruido por encima del permitido. Que no se arguya que no existen recursos suficientes. Se trata de otra cosa. Para convencerse de ello no hay más que darse un paseo por Puerta Real y observar la absoluta pasividad de la Policía Local. No alcanzo ni a comprender cómo pueden soportar personalmente el continuo estruendo en el que están inmersos. Ante todo esto, los ciudadanos no podemos permanecer pasivos.

    Francisco Morales Delgado. Granada.



    Brillo y daño de las motos

    Juan Mata

    (IDEAL. Puerta Real, 12/9/98)

    Bien que lo lamento, pero me temo que el sonido estridente de las motos -o, más bien, de las motillos- que desquicia y descompone a tantos ciudadanos, y que con tanta fiereza se ha manifestado este verano, no va a desaparecer, ni siquiera a atenuarse. Las medidas policiales que se anuncian (no por primera vez) servirán de poco, tal vez atemoricen a los conductores unas cuantas semanas, pero no es un cuidado que pueda mantenerse mucho tiempo, no hay guardias suficientes para vigilar y controlar el sarpullido de motos y motillos circulantes. El habitual recurso a la sanción y a la amenaza resulta consolador al principio, pero sus resultados son casi siempre ineficaces, es como querer curar un tumor con analgésicos. El estruendo de esos vehículos no es un problema de orden público, sino de educación, y los municipales poco podrán hacer contra una agresión en la que la edad, la familia, la cultura, la moda, la publicidad tienen mucho que ver.

    Hace tiempo que vengo observando el comportamiento de una panda de motoristas adolescentes que se congrega cada tarde frente a mi balcón, un privilegio y un tormento simultáneos, pues lo que gano en saber lo pierdo en salud. Mi desesperanza es fruto de esa observación. Mis involuntarios cobayas comparecen puntualmente al término de la siesta, con gran alarde de bocinas y risas, algo inherente a la edad, y aparcan los vehículos en desorden, después de repetidas y furiosas aceleraciones. No todos se bajan de la moto, muchos la utilizan como diván o banco, sobre ella se sienten seguros y sobresalientes para el ritual que los convoca, la tarea de hacerse notar y pavonearse y destacarse sobre los demás, sentirse al mismo tiempo gregarios y únicos, un ceremonial muy antiguo, reconocible, inseparable del acné y el cambio hormonal. Allí permanecen gritándose unos a otros, haciendo ostentación de todos los tacos que conocen (algo imprescindible para la estima ajena), alfombrando el suelo de cáscaras de pipas y bolsas de plástico y fundas de poloflash (mientras escribo este artículo, un barrendero está amontonando con su escobón de gayomba y retama los desperdicios de la jornada de ayer). De pronto, alguno de los jóvenes centauros arranca su moto, acelera con brusquedad y frena inmediatamente, avanza unos centímetros, amaga con escaparse pero se detiene, se le ve disfrutar con el agudísimo ruido del tubo de escape y con el chorro de humo negro que atufa a los colegas entre alborozos y gritos. Luego la apaga y se incorpora a la charla. Otras veces, si el espacio lo permite, dos o tres motoristas, casi siempre chicos, rivalizan en audacia y temeridad: se lanzan por las escaleras o las rampas de la calle peatonal, hacen cabriolas, giran sobre sí mismos, echan una corta carrera por las calles adyacentes, pero reaparecen pronto y se reintegran al grupo. Los documentales científicos nos han enseñado que su conducta no es muy diferente a la de otras especies animales, sean de sabana o de corral. Esa tarea puramente exhibicionista puede ocuparles varias horas, al cabo de las cuales se alejan con idéntico estruendo que a la llegada. La reprimenda o la queja de los vecinos lejos de amedrentarlos, los envanece y estimula. Otro efecto de la edad.

    Examinando a los motorizados adolescentes de mi calle he llegado a la conclusión de que antes que un vehículo la moto es para ellos un juguete, llamativo y potente, más valioso cuanto más atronador, un artefacto que se emplea para gallear y sentirse admirados, pues ahí reside su máximo valor (sobre todo para los chicos, que usan el ruido como una manifestación de su virilidad incipiente). Esa función es más notoria en verano, cuando el bochorno obliga a abrir las ventanas y a estar más tiempo en la calle. El calor además electriza a unos y embota a otros. Las molestias denunciadas en los periódicos son el resultado de un juego, de una forma de ocio en la que el frenesí y el estruendo son consubstanciales. Los guardias poco pueden hacer contra eso. Más que a la policía, correspondería a las familias atajar o regular esas conductas, pero en esa reprensión confío poco, la mayor parte de esos agresivos juguetes son un regalo de los padres, conseguido por méritos o chantaje. Y no se olvide que la mayoría de esos escandalosos pilotos han crecido en un ambiente en el que el ruido, doméstico o callejero o municipal, es moneda común. La Junta de Andalucía ha reconocido que los andaluces soportamos niveles de ruido muy superiores a los del resto de españoles. ¿Cómo exigirles entonces a los imberbes motorizados una mesura que no practican los mayores? El incivismo no se suprime con multas. No por casualidad hago estas observaciones en el umbral de la inminente inauguración del curso escolar.

    Juan Mata



    Silencio

    José Vicente Pascual

    (IDEAL. Puerta Real, 11/9/98)

    ESTE verano que agoniza con melancólica prestancia, similar a la que adorna el decaimiento de carnes famosas en las playas del Sur, ha tenido un argumento unánime y recurrente para los autores que escriben en esta sección. Que yo sepa y recuerde, todos y cada uno de ellos, servidor incluido, han despotricado con acerada disposición contra los insufribles ruidos que durante meses aciagos han contaminado las calles de Granada, colándose en la frágil intimidad de nuestros domicilios, desbordando nuestra resistencia de tímpanos y mandando al garete nuestra paciencia de simples humanos sometidos a la limpia tortura de los arrasadores decibelios. La nómina de elementos ensordecedores es casi interminable;empezando por las ochocientas mil obras que jalonan la ciudad, con su artillería neumática funcionando a discreción, y pasando por las celebérrimas motillos granadinas que adornan con notas de berrea juvenil cada madrugada, la lista puede llegar a ser sobrecogedora y, lo que es peor, cambiar nuestra concepción del mundo a tal extremo que cualquier sonido sea asimilado, por aborrecimiento, al ruido y se nos antoje insoportable. Algo parecido me sucedió el otro día, de visita en el hogar de un buen amigo. El hombre, con las mejores intenciones del mundo, puso en marcha su equipo electrónico Hi Fi y preguntó qué música me apetecía escuchar. El menú, en otras condiciones, me habría parecido suculento, pues iba de Mozart a Gardel, pasando por unos apetitosos entrantes de blues. Sin embargo, triste y alarmado, respondí: «Silencio, sólo necesito un poco de silencio, por favor».

    El silencio, al menos para mí, ha dejado de ser una contingencia física para convertirse en una especie de milagro de la civilización, un logro cultural, una de esas difíciles conquistas que nos hacen sentir lo dulce que puede ser la vida y lo grato que resulta estar a solas con uno mismo, con el rumor cosquilleante de tus propios pensamientos y, acaso, con las sosegadas palabras de alguien que bien te quiere y que si te habla no es con idea de ponerte la cabeza gorda, sino de hacerte más rico en sentimientos, en imágenes sobre lo maravilloso de lo real y en eso que los antiguos, tan poco hechos al ruido, llamaban sabiduría. Duros tiempos los que transitamos, ay, demonios. El ruido de nuestra cultura es zafio, ruín, inervante, embrutecedor como la pachanga de los concursos televisivos, de la publicidad que convierte la salita de estar en una minidiscoteca para amigos de los pantalones tejanos y de los salvaslips, un foro de crispación donde al tiempo que suena la música horrenda de los telediarios se discute a gritos de política, de fútbol o sobre el careto que tiene el novio filipino de la última pedorra que ha salido en las chillonas revistas de cotilleo luciendo turgencias de silicona. Parece que casi todo el mundo se ha puesto de acuerdo en que el grado de civilización y de progreso se mide por la desaforada capacidad del entorno para meter bulla y que el silencio es cosa de paletos y de gente anclada en los tiempos de maricastaña, cuando aún no se habían inventado las taladradoras mecánicas, la pirotecnia suburbial en el trucaje de ciclomotores. A mí, sin embargo (y no creo ser el único), el silencio me va pareciendo cada día que pasa un lujo absoluto, difícilmente alcanzable y tan placentero como el arrullo de un bebé recién dormido. Silencio para leer un libro de poemas, o los últimos cuentos de Bioy Casares, o para oír maullar al gato cuando se estira en candorosa reclamación de mimos y agua fresca. Silencio para escuchar en silencio, como si estuviera uno en misa, la voz de la enamorada, para extasiarte contemplando cómo rueda una gota de sudor veraniego por sus mejillas sin que la bocina de un camión te destroce el sentimiento. Silencio acaso para comprobar cómo suenan sus labios al despegarse de los tuyos. Eso sí es vida, qué carajo. Silencio y muchísimo silencio y, por favor: que haya silencio.

    José Vicente Pascual



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